
El Papa en el Congreso de los Diputados | Crédito: Daniel Ibañez/ EWTN News
Con un mensaje que hizo retumbar los cimientos del Congreso de España, el Papa León XIV logró lo que parecía imposible: unir a los políticos de un país dividido y polarizado con la mayor ovación que se recuerda desde el retorno de la democracia: casi siete minutos de aplausos aderezados con gritos de júbilo “¡Viva el Papa!».
En su contundente discurso, el Papa hizo un llamado firme a la clase política española a no subordinar la dignidad humana al “vaivén de las mayorías” porque “toda vida humana debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”.
“Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”, aseveró León XIV en un discurso sin precedentes en el Congreso de los Diputados de España, con 700 invitados y blindado por fuertes medidas de seguridad.
“Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”, invitó a preguntarse el Santo Padre en un llamado al examen de conciencia que mira al futuro.
Su discurso llega en un momento en el que el Gobierno español está avanzando con los trámites para blindar y proteger el aborto en la Constitución. Para hacerlo posible el actual gobierno socialista necesitaría del apoyo del Partido Popular —de centro derecha— para salir adelante ya que se requieren grandes consensos parlamentarios para una reforma de la Constitución.
“La defensa de la vida humana no es una cuestión parcial ni un interés confesional: es una meta de civilización”, incidió el Papa.
Como ya ha hecho en otros de sus discursos en los últimos días, el Pontífice citó su encíclica Magnífica Humanitas, publicada el 25 de mayo, para subrayar que el discernimiento político “debe centrarse en qué lugar ocupa la persona humana en nuestras decisiones”.
Evocó la tradición intelectual de la Escuela de Salamanca del siglo XVI —en particular la figura de fray Francisco de Vitoria, junto a otros dominicos y jesuitas—, cuya labor contribuyó a forjar una conciencia jurídica y moral que recuerda que toda autoridad lleva consigo una responsabilidad inseparable.
“Ese legado vive también en estas Cortes, cada vez que el legislador se pregunta cómo hacer que lo posible sea justo, que lo legal sea verdaderamente humano y que la voluntad de la mayoría custodie aquellos bienes que pertenecen a todos y respete aquello que ninguna mayoría puede legítimamente vulnerar”, afirmó el Pontífice.
Entre los colectivos más vulnerables señaló a los migrantes y refugiados. El Papa les llevará todo su cariño cuando visite Tenerife y Las Palmas, dos de las 8 islas canarias – consideradas puerto de entrada a Europa –al final de su viaje por España.
Pero no quiso esperar hasta entonces para denunciar las “rutas cada vez más peligrosas” que se ven obligados a recorrer, en las que acaban “presas de traficantes y contrabandistas que se aprovechan de su desesperación”. Una situación que, advirtió, “exige una respuesta que mire a las personas, afronte las causas que las obligan a partir y vaya más allá de la mera gestión de flujos”.
De ahí, dijo el Papa, nace una doble exigencia de justicia social: “ofrecer vías seguras y legales, una acogida respetuosa y posibilidades reales de integración; y promover, al mismo tiempo, el derecho a permanecer en la propia tierra, trabajando para que nadie tenga que abandonar su hogar por falta de paz, seguridad o condiciones dignas de vida, entre ellas las desigualdades económicas y los efectos de la crisis climática”.
León XIV insistió en que “toda sociedad auténticamente justa se edifica sobre el reconocimiento de la dignidad inviolable de la persona humana”. Una dignidad que, aseveró, “precede a toda concesión del Estado y no puede quedar subordinada a consensos sociales mudables o al vaivén de las mayorías de cada momento”, en referencia al discurso pronunciado por Benedicto XVI ante el Parlamento federal alemán en septiembre de 2011.
Aunque León XIV es el tercer Papa que viaja a España, tras Juan Pablo II y Benedicto XVI, ninguno de sus predecesores había hablado ante el órgano legislativo que representa al pueblo español. León XIV no desaprovechó la oportunidad para sacudir las conciencias de los responsables políticos.
“Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro pueden tener nuestras sociedades? ¿Puede llamarse plenamente justa una comunidad que deja en la sombra al niño aún no nacido, al anciano, al enfermo, a quien sufre en silencio o a quien depende enteramente del cuidado de los demás?”, planteó.
Toda vida humana “debe ser reconocida y custodiada”
El Papa afirmó que toda vida humana “debe ser reconocida y custodiada desde su concepción hasta su ocaso natural, en cada circunstancia de su existencia”. “Cuando esta certeza se oscurece, los más vulnerables son las primeras víctimas y la ley pierde su significado más profundo: servir y proteger a cada persona”, remarcó. Y añadió: “la grandeza moral de una nación se manifiesta, sobre todo, en su capacidad de acompañar, proteger y amar aquellas vidas que atraviesan mayor fragilidad”.
El discurso del Papa se produce dos meses después del fallecimiento de Noelia Castillo, de 25 años, tras recibir la eutanasia en un hospital de Sant Pere de Ribes (Barcelona). Su muerte conmocionó a la sociedad española tanto por su juventud como por las duras circunstancias personales que había atravesado, entre ellas una agresión sexual múltiple en un centro de menores al que fue derivada tras el divorcio de sus padres.
El Papa defendió además a la familia como “realidad humana primera y fundamento natural de la comunidad”.
Se trató de una intervención extensa en la que el Pontífice también citó a los escritores Miguel de Cervantes, Miguel de Unamuno y a Santa Teresa de Ávila.
Aunque es la primera vez que León XIV visita España como Papa, antes de ser elegido sucesor de Pedro, el entonces P. Robert Prevost recorrió el país en cerca de medio centenar de ocasiones.
Su primer viaje tuvo lugar en julio de 1982, cuando, con 26 años y apenas mes y medio de sacerdocio, emprendió una peregrinación a Santiago de Compostela en furgoneta junto a varios compañeros del Colegio Internacional Santa Mónica de los Agustinos en Roma.
Aquel viaje, que se prolongó durante más de un mes, estuvo lleno de peripecias: durmieron en tiendas de campaña y disfrutaron del paisaje y la gastronomía española.
El Papa aludió también a la presencia simbólica de los Reyes Católicos —Isabel y Fernando— en el hemiciclo, donde se ubican sus tallas de mármol, junto a otros elementos históricos que evocan la tradición parlamentaria española.
La visita de León XIV se produce en un contexto político y social marcado por una intensa polarización. Este clima de crispación coincide, además, con un hecho inédito en la democracia española: la imputación por presunta corrupción del expresidente del Gobierno José Luis Rodríguez Zapatero. Su declaración ante el juez está prevista para los días 16 y 17 de junio, poco después del regreso del Papa al Vaticano.
“La pluralidad política no debería degenerar en descalificación permanente del adversario. En una convivencia madura, incluso el conflicto puede convertirse en camino hacia la paz, cuando las diferencias se dejan mitigar por la escucha y se ordenan al reconocimiento de las necesidades, los anhelos y las capacidades de todos”, señaló.
A todos los parlamentarios les causó enorme impresión la contundencia moral de su mensaje. La ovación final se extendió durante más de siete minutos y se escucharon alternados gritos de júbilo de “Viva el Papa”.
De todo el arco parlamentario, solo dos formaciones que apenas suman 6 parlamentarios de más de 600 —Podemos y el BNG, ambas de izquierda— decidieron no asistir a la intervención del Pontífice, tal como habían anunciado en los días previos.
El Papa reforzó además su llamado a la paz, que exige, según dijo, “valentía diplomática” y “responsabilidad ética”, y recordó “la obligación de los Estados de resolver sus controversias por los caminos pacíficos que ofrece el derecho internacional”. Manifestó su preocupación por el hecho de que, en varios lugares del mundo —también en Europa—, “vuelva a presentarse el rearme como respuesta casi inevitable ante la fragilidad del escenario internacional”.
El Papa defendió que “el respeto al otro nace también del deber de custodiar el espacio donde maduran sus convicciones, su conciencia y su relación con Dios”.
El Pontífice reivindicó “la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión” como un derecho fundamental que protege la esfera más íntima de la persona.
A su juicio, la libertad sobre la que se edifica el Estado contemporáneo, si es auténtica, “reconoce la dimensión religiosa del ser humano, la respeta y la tutela jurídicamente; y evita que alguien tenga que renunciar a contribuir a la sociedad en la que vive por causa de su fe”.
También ofreció una definición de la libertad que va más allá de la mera ausencia de coacciones o de la multiplicidad de opciones: consiste, dijo, en “reconocer el bien y adherirse a él responsablemente”.
“La fe no pretende imponerse mediante privilegios ni coerciones; sin embargo, tampoco puede ser relegada al silencio como si fuese irrelevante para la vida pública”, afirmó.
León XIV subrayó que el sigilo sacramental de la confesión “reviste una importancia especial para la Iglesia católica” y que se inscribe en el ámbito más amplio de la libertad religiosa, que garantiza a las comunidades creyentes un espacio propio de vida, organización y disciplina interna.
Estas declaraciones llegan poco después de que los obispos franceses denunciaran el proyecto de ley impulsado por la Asamblea Nacional el pasado 1 de junio que podría poner en riesgo el secreto de confesión y que finalmente fue retirado.

