
El Papa en la catedral de Mónaco antes de celebrar la Misa en el estadio Luis II | Crédito: Vatican Media
León XIV condenó este sábado todos los conflictos bélicos, que —según afirmó— son fruto de la “idolatría del poder y del dinero” y “ensangrientan” la gracia de los hombres de ser, al mismo tiempo, hijos de Dios y hermanos entre sí.
“Este don ilumina nuestro presente, porque las guerras que lo ensangrientan son fruto de la idolatría del poder y del dinero”, dijo León XIV en la homilía que pronunció durante la Misa en el Estadio Louis II de Mónaco.
Cuatro meses después de su primer viaje apostólico a Turquía y Líbano, el Pontífice puso fin a su visita relámpago al Principado de Mónaco con una Eucaristía en el estadio dedicado al príncipe Luis II, que reinó entre 1922 y 1949.
El estadio tiene capacidad para más de 18.000 espectadores, lo que lo convierte en un lugar destacado para eventos deportivos y de entretenimiento, además de ser un lugar ideal para la Misa multitudinaria que celebró el Papa este sábado.
A su llegada, recorrió el recinto en un carrito de golf, desde el que saludó y bendijo a los fieles que lo esperaban entre vítores, mientras agitaban banderas de la Ciudad del Vaticano y del principado.
La lógica del poder frente a la inocencia
En su homilía, el Papa partió del episodio evangélico en el que los miembros del sanedrín deciden dar muerte a Jesús. A partir de este pasaje, explicó que se revela tanto el rostro de Dios como la acción de quienes, movidos por intereses de poder, están dispuestos a eliminar al inocente.
Según señaló, el veredicto de Caifás nace de un cálculo político basado en el miedo: “Olvidando la promesa de Dios a su pueblo, ellos quieren matar al inocente, porque detrás de su miedo está el apego al poder”.
Y añadió, en referencia al presente: “¿No es lo que ocurre hoy?”.
“Aún hoy, ¡cuántos cálculos se hacen en el mundo para matar inocentes; cuántas falsas razones se esgrimen para quitarlos del medio!”, lamentó.
No acostumbrarse a la guerra
El Pontífice llamó a purificar la “idolatría” que alimenta las guerras y convierte a los hombres en esclavos de otros hombres, al tiempo que pidió no acostumbrarse a la violencia.
“Cada vida truncada es una herida al cuerpo de Cristo. ¡No nos acostumbremos al estruendo de las armas ni a las imágenes de guerra!”, exclamó.
En este sentido, subrayó que la paz no puede reducirse a un equilibrio de fuerzas: “No es un mero equilibrio de fuerzas, sino la obra de corazones purificados, de quienes ven en el otro a un hermano al que cuidar, no a un enemigo al que abatir”.
La misericordia, respuesta al mal
Frente a la persistencia del mal, el Papa recordó que la justicia de Dios actúa como fuente de esperanza y renovación: “El Señor libera del dolor infundiendo esperanza, convierte la dureza del corazón transformando el poder en servicio, precisamente mientras manifiesta el verdadero nombre de su omnipotencia: misericordia”.
De este modo, aseguró que es “la misericordia la que salva al mundo” porque se hace cargo de toda existencia humana, “en cada una de sus fragilidades, desde que es concebida en el seno materno hasta que envejece”, añadió.
El Papa apreció la enseñanza de su predecesor, el Papa Francisco, y resaltó “la cultura de la misericordia rechaza la cultura del descarte”.
Un mensaje en vísperas de Semana Santa
La visita a Mónaco, de apenas ocho horas y realizada a invitación de Alberto II de Mónaco, se llevó a cabo en vísperas de la Semana Santa, un contexto al que el Papa hizo referencia durante su homilía. “El Señor cambia la historia del mundo llamándonos de la idolatría a la fe verdadera, de la muerte a la vida”, afirmó.
En este marco, evocó también al profeta Jeremías: “Frente a las numerosas injusticias que destruyen a los pueblos y a la guerra que azota a las naciones, se eleva constantemente la voz del profeta Jeremías: Yo cambiaré su duelo en alegría, los alegraré y consolaré de su aflicción” (Jer 31,13).
La alegría que nace de la caridad
Finalmente, el Pontífice llamó a los fieles a ser testigos de esperanza, haciendo “felices a muchos con su fe” y compartiendo una alegría que no se adquiere como un premio, sino que nace de la caridad.
“Fuente de esta alegría es el amor de Dios: amor por la vida naciente y frágil, que ha de acogerse y cuidarse siempre; amor por la vida joven y anciana, que hay que animar en las pruebas de cada etapa; amor por la vida sana y enferma, a veces sola, siempre necesitada de ser acompañada con esmero”, concluyó.
Al término de la celebración, el Arzobispo de Mónaco, Mons. Dominique-Marie David, agradeció la visita del Papa León XIV, subrayando que Dios es “la fuente de todo bien” y que el Pontífice, como sucesor de Pedro, ha venido a recordarlo a la Iglesia local.
En este sentido, destacó que el Papa ha animado a los fieles a afrontar “sin miedo” los desafíos actuales, conscientes de que poseen “un tesoro capaz de sostener la esperanza, la nuestra y la del mundo”.
En vísperas de la Semana Santa, Mons. Marie David afirmó que la visita del Pontífice ha servido para “confirmar la fe de sus hermanos”, reforzando el compromiso de la comunidad cristiana.
El Papa León XIV obsequió a la Arquidiócesis de Mónaco una escultura contemporánea de San Francisco de Asís. La obra representa al santo italiano, una de las figuras más queridas de la tradición cristiana y universalmente reconocido como mensajero de paz, fraternidad y reconciliación.
Aparece revestido con el sencillo hábito franciscano, símbolo de pobreza evangélica y libertad interior, ceñido por el característico cordón con tres nudos.
En la escultura, San Francisco sostiene en su mano izquierda una paloma blanca, mientras que la derecha se abre en un gesto de acogida y donación.

