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Al elegir cuidadosamente cuándo hablar y cuándo permanecer en silencio, podemos fomentar relaciones más amorosas y pacíficas.
En nuestra lucha por la honestidad, la transparencia y la sinceridad, es fácil pasar por alto la virtud del silencio. A menudo nos sentimos obligados a expresar todos nuestros pensamientos y opiniones (ya sea en línea o no), creyendo que no decir nada es sinónimo de ser sinceros. Sin embargo, hay momentos en los que el silencio no solo es cortés o amable , sino también prudente, caritativo y lo correcto . Como dice el viejo refrán, “la mayor parte de la conversación debe consistir en escuchar”. El habla mesurada es, en efecto, poco frecuente y valiosa.
Una de las situaciones más difíciles en las que luchamos con el silencio es durante las discusiones. Es tentador insultarnos o insistir en demostrar nuestro punto de vista. Pero Proverbios 15:1 nos recuerda que “la blanda respuesta calma el enojo, pero la palabra áspera hace subir el furor”. En esos momentos acalorados, el silencio puede servir como una herramienta poderosa para reducir la tensión y demostrar amor y respeto por la otra persona. Al elegir no responder con palabras duras, “ofrecemos la otra mejilla” (Mateo 5:39).
Santos silenciosos
Además, la práctica del silencio puede ser una forma de caridad . Santa Teresa de Lisieux , la Pequeña Flor, enfatizó la importancia de los pequeños actos de bondad. Ella escribió la famosa frase: “sin amor, las acciones, incluso las más brillantes, no cuentan para nada”.
A veces, el acto más caritativo que podemos realizar es abstenernos de decir palabras que puedan herir o desanimar a los demás. Al hacerlo, ejercitamos el autocontrol y la humildad, reconociendo que nuestro silencio puede ser más amoroso que nuestras palabras.
En las discusiones en las que podemos tener razón, el silencio también puede ser una virtud. “Nunca hubo un hombre enojado que pensara que su ira era injusta”, escribió una vez San Francisco de Sales. A menudo, el deseo de tener razón proviene del orgullo. Al elegir el silencio, demostramos nuestra voluntad de poner la armonía y la paz por delante de la reivindicación personal. Esto no significa que nunca debamos decir la verdad, sino más bien que debemos discernir el momento y la manera adecuados para hacerlo , asegurándonos de que nuestras palabras edifiquen en lugar de destruir.
En las interacciones cotidianas, el silencio puede evitar malentendidos y fomentar una comunicación reflexiva. Santiago 1:19 aconseja sabiamente: “Que todos sean prontos para escuchar, tardos para hablar y tardos para ofenderse”. En resumen: escuchar más y hablar menos nos permite responder con mayor empatía y comprensión.
El silencio es una virtud poderosa que se ajusta a los principios de prudencia, caridad y amor. Si elegimos cuidadosamente cuándo hablar y cuándo permanecer en silencio , podemos fomentar relaciones más amorosas y pacíficas. Esforcémonos por emular la sabiduría de los santos y las Sagradas Escrituras y aceptemos el silencio como un don que enriquece nuestras vidas y las vidas de quienes nos rodean.

